Autismo: ¿Rabieta o crisis?

¿Cómo saber si su llanto se debe a una crisis o una rabieta? Es una de las preguntas más comunes de los padres de niños con autismo. Los consejos de las abuelas y los tips de los libros de crianza no sirven para identificar las pequeñas pero importantes diferencias entre un desequilibrio emocional y una rabieta por capricho.

Los niños con Trastorno de Espectro Autista (TEA) suelen experimentar cuadros de crisis, debido a la acumulación de estrés o la exposición a ciertos estímulos que les generan aflicción, como olores, colores o texturas. Sin embargo, como cualquier criatura, también existen los casos en que, su molestia es ocasionada por la negación de su padre ante una petición suya.

Pero, en personas con TEA todo se complica, porque la rabieta se puede convertir en crisis. Así es, en un principio el niño puede iniciar su mal comportamiento por el fuerte deseo de conseguir la atención de su progenitor; sin embargo, con el paso del tiempo esta actitud puede cambiar a reacciones violentas y agresivas.

Cuando los pequeños pierden el control, es muy probable que olviden el motivo de su enojo, y simplemente actúen de manera instintiva. Llegan a un punto en el que resulta complejo regresar a su estado pasivo.

¿Entonces qué deben hacer los padres? ¿Cumplir todos sus deseos sin resistirse por temor a ocasionarles esta reacción? Es lo que la mayoría hace. No se atreven a contradecir a sus niños, cumplen todas sus expectativas y los consuelan hasta calmarlos. “Los padres quedan prisioneros de las reacciones inadecuadas de sus hijos, con poca capacidad de manejo y reacción”, menciona un artículo sobre este tema de la página “autismodiario.org”, perteneciente a la Fundación Española Autismo Diario.

Para los expertos, evitar en todo momento frustrar a los hijos es la fórmula perfecta para convertirlos en adultos consentidos y malcriados. Según Sergi Banús, psicólogo clínico infantil español y director de “psicodiagnósis.es”, otorgarles todo a los niños ocasiona que su demanda aumente, hasta que llega el punto en que es imposible cumplir sus deseos y, la frustración los convierte en personas agresivas.

“Porque no ha aprendido a manejar sus frustraciones ni sus emociones, y no conoce otra forma de lograr sus objetivos. Por ello, estamos contribuyendo a que nuestros hijos sean adolescentes deprimidos», agrega Sergi. “La frustración es un entrenamiento imprescindible para saber desenvolverse porque para vivir en sociedad hay que saber aceptar las renuncias. Los padres deben acostumbrarles a ello poco a poco», explica Alfonso Ladrón, psicólogo clínico infantil del servicio de Psiquiatría del Hospital Clínico San Carlos (España).

Para evitar llegar a esta situación, en la que la autoestima y confianza de los padres se ve empañada por su incapacidad para controlar a sus hijos y la frustración que esto les provoca, los progenitores deben informarse sobre todas las características que llevan a su hijo a comportarse de esa forma.

Los pequeños tienen una baja tolerancia a la frustración, presentan dificultades sensoriales, no saben interactuar adecuadamente, tienen problemas para comprender el lenguaje o los gestos, etc. En consecuencia, intentar llegar a un acuerdo con ellos es complejo, no lo entienden, ni a sus explicaciones. Incluso el mismo ambiente que los rodea ocasiona que su ansiedad se acreciente.

Pero para todo hay solución, y existen estrategias que permitirán que su hijo se calme y aprenda a respetarlo, enseñándole de paso, el comportamiento que necesitará para ingresar a la sociedad eficazmente en un futuro.

Cuando aún se trata de una rabieta leve, utilice estrategias no invasivas. Autismo Diario recomienda desviar la atención del niño, no atender sus peticiones hasta que cesen, disminuir la exigencia o complejidad de la actividad (cuando el berrinche se inicia porque el niño no quiere cumplir una tarea), exagerar los gestos y tono de voz al decirle que no (el niño vinculará este cambio en su rostro con la negación a su petición).

Cuando la rabieta se ha convertido en una crisis, es probable que necesite contener al menor físicamente para evitar que lance golpes al aire e incluso, se lastime. Existen dos tipos de castigos (no físicos), que puede utilizar para evitar futuras crisis (iniciadas como rabietas), el primero es el denominado “castigo positivo”, que consiste en hacerlo ordenar lo que rompió, tiró o pedirle que se siente en silencio hasta que reflexione. El otro, “castigo negativo”, se refiere a retirarle algún juguete o estímulo agradable para el niño, hasta que mejore su conducta.

También existe la estrategia del saciamiento. Cuando se utiliza esta técnica lo que se busca es que el niño se incomode con sus propias reacciones. Si salta, se le incita a saltar más. Si grita, grite con él y si bota cosas, dele más objetos para lanzar. Finalmente, la manifestación decrecerá.

Tener TEA no es sinónimo de que un padre deba malcriar a su hijo. Usted nunca debe convertirse en un esclavo de sus peticiones, porque aunque piense que le evita angustias, solo las está incrementando. Edúquelo para enfrentar la vida y no para sufrir por los “no” que ésta le dé.

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